El Centro de la Alianza de Bahá’u’lláh
El 29 de noviembre de 1921, diez mil personas–judíos, cristianos y musulmanes– de todas las confesiones y credos se reunían en el Monte Carmelo, en la Tierra Santa, para rendir su postrer homenaje a un ser celebrado como la esencia de la virtud y la sabiduría, del conocimiento y la generosidad. En aquella ocasión, 'Abdu'l-Bahá –hijo de Bahá'u'lláh y Su Sucesor escogido– fue descrito por una destacada figura judía como el ejemplo en vida del sacrificio; por el orador cristiano como la persona que había guiado a la humanidad hacia el sendero de la Verdad; y por un eminente dignatario musulmán como un pilar de la paz y la encarnación de la gloria y la grandeza. De acuerdo con un observador occidental, el funeral atrajo a una muchedumbre apenada por Su muerte, pero feliz al mismo tiempo por el testimonio de Su vida.
Desde Oriente a Occidente, 'Abdu'l-Bahá fue reconocido como un embajador de la paz, un defensor de la justicia y la figura señera de la nueva Fe. En virtud de una serie de históricas travesías que Le llevaron por Norteamérica y Europa, 'Abdu'l-Bahá proclamó de palabra y obra, con fuerza y persuasión, los principios esenciales enunciados por Su padre. Al afirmar que el amor constituye la ley más grande, que dicha virtud es el basamento de la verdadera civilización y que la necesidad suprema de la humanidad radica en la colaboración y la reciprocidad entre sus gentes, 'Abdu'l-Bahá logró llegar a las autoridades y a los humildes por igual y, a decir verdad, a cualquier alma que se cruzó por Su camino.
Un comentarista americano escribió a este respecto:
"Encontró que una audiencia amplia y favorable esperaba a recibirle personalmente y a recibir de labios Suyos un mensaje de amor y espiritualidad. […] Más allá de las palabras habladas había algo indescriptible en Su personalidad que impresionaba a quienquiera que lograba estar en Su presencia. El turbante de Su cabeza, la barba patriarcal, esos ojos que parecían traspasar el límite de los sentidos y del tiempo, la voz suave y aun así claramente penetrante, la diáfana humildad, el amor que nunca falla, -pero sobre todo, la sensación de poder entremezclada de gentileza que investía Su ser con una rara majestad de exaltación espiritual que Le hacían destacar y que, no obstante, Le hacían atractivo incluso para la más modesta de las almas, todo esto, y mucho más que nunca podrá definirse, fue lo que dejó entre Sus muchos […] amigos, recuerdos que son inefables e inexplicablemente preciosos."
Sin embargo, a pesar de Su magnética personalidad y de Su penetrante comprensión de la condición humana, tales rasgos no alcanzan a describir la estación única que 'Abdu'l-Bahá ocupa en la historia religiosa. En palabras del propio Bahá'u'lláh, 'Abdu'l-Bahá era el “Depósito de Dios”, “un refugio para toda la humanidad”, “el mayor Favor” y “el Misterio antiguo e inmutable de Dios”. Los escritos bahá'ís afirman además que "en la persona de 'Abdu'l-Bahá se combinan y armonizan de forma acabada los rasgos de una naturaleza humana y de un conocimiento y perfección sobrehumanos".
La irresolución de la cuestión sucesoria, que tan crucial papel ha desempeñado en todas las religiones, ha conducido inevitablemente a la división interna. Por ejemplo, la ambigüedad que rodeó el nombramiento de los verdaderos sucesores de Jesús y Muhammad, abocó a interpretaciones divergentes de las sagradas Escrituras y originó un reguero de discordias en la cristiandad y el islam. En contraste, Bahá'u'lláh previno el cisma al establecer unas bases inatacables mediante las disposiciones contenidas en Su Testamento (literalmente “El Libro de Mi Alianza”). En él se puede leer:
"Cuando el océano de Mi presencia haya menguado y haya tocado a su fin el Libro de Mi Revelación, volved vuestros rostros hacia Aquel a Quien Dios ha designado, Quien ha brotado de esta Antigua Raíz. El objeto de este sagrado versículo no es nadie más que la Más Grande Rama ['Abdu'l-Bahá]."
El nombramiento de 'Abdu'l-Bahá como sucesor Suyo fue el medio para la difusión de un mensaje de esperanza y paz universal y para la realización de la unidad esencial de todos sus pueblos. Al referirse a 'Abdu'l-Bahá, Bahá'u'lláh escribió:
"La gloria de Dios descanse sobre Ti, y sobre quienquiera que Te sirva y Te rodee. Que la desgracia, una gran desgracia, se abata sobre quien se oponga y Te haga daño. Y el bien sea sobre quien Te jure lealtad."
'Abdu'l-Bahá fue el Centro de la Alianza de Bahá'u'lláh, esto es, el instrumento para garantizar la unidad de la comunidad bahá'í [7] y con que salvaguardar la integridad de las enseñanzas de Bahá'u'lláh.